Tango

Como tantas noches, hoy volverán a bailar. Casi cada noche lo hacen. Él llega arrastrando los pies, cargado con el maletín que cada día pesa más. Dentro, solo hay un periódico del domingo, arrugado y con los anuncios clasificados inundados de subrayador amarillo, y los restos del papel de plata de un bocadillo de pan de ayer (con suerte). Abre la puerta, y durante uno segundos, la habitación gris se llena con la luz blanca y fría del rellano.

Como cada noche, ella le estará esperando. Aunque le duelen todos los huesos, se ha vuelto a pintar los labios de rojo. Así se nota menos que ha llorado volviendo del mercado. Da vueltas al puchero con la espátula de madera requemada y ennegrecida, con cuidado de no mancharse su vestido de lunares. Se ha puesto los zapatos rojos porque sí, porque nunca nadie necesitó motivos para ello. 

Como cada otoño, Él cuelga la gabardina en el perchero junto a la puerta, y suspira al dejar el maletín en el suelo. Ella se gira tras bajar los fogones al mínimo, y por primera vez hoy, sonríe sin que sea para ocultar el dolor. Se quita los zapatos y se acerca hacia él, contoneándose al caminar.

Como sucede cada vez menos, es entonces cuando se produce la magia. El techo se abre y se ilumina, y la habitación se inunda de luces y colores, mientras un tango lejano les envuelve y les empuja a bailar. Giran, ríen mirándose a los ojos. Cuentan los pasos que aprendieron cuando eran jóvenes y tenían esperanzas. En otro país, casi en otra vida. Cuando creían en la felicidad.

Como siempre que para la música, se quedan unos segundos suspendidos en su pose, Él aún rodea su cintura con el brazo derecho. Ella mantiene la sonrisa impasible. Saben que se ha acabado, pero quieren prolongar el momento.

Como tantos días, las luces y los colores se van, y el caldo rompe a hervir en la cocina, rompiendo el momento. La habitación vuelve a quedarse en la penumbra, y ellos dos cenarán en pijama viendo las noticias.

Como siempre que no puede dormir, la chica de los ojos marrones habrá hecho sonar su cajita de música, con aquella extraña pareja dentro bailando tangos, antes de quedarse dormida tarareando la melodía.


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